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Intensidad, pasión y el arte de no quemarse apagando incendios propios

Son las 3:40 de la madrugada y estoy migrando versiones de OTServ en la mini PC, con la excusa perfecta de “ya casi, un archivo más”. A las 8:00 tengo que estar despierto para el laburo. Lo sé. Sigo igual.
Me gusta la intensidad. No lo digo con orgullo ni con culpa. Lo digo como quien se mira al espejo y reconoce el mismo gesto de siempre: cuando un problema me atrapa, el reloj deja de existir. Un cable de treinta metros porque “así queda prolijo”. Un LXC nuevo a las dos de la mañana porque se me ocurrió algo. Una migración de dieciséis años de deuda técnica en un servidor de Dragon Ball porque, bueno, por qué no.
La pasión, bien mirada, es combustible. Mal mirada, es la excusa perfecta para no priorizar nada.
En el laburo aplauden la proactividad. En mi casa también, hasta que alguien nota que ser proactivo en cinco frentes distintos es solo otra forma elegante de dispersión. Vivo en un switch focus-mind constante. Cosa la cual, no me molesta del todo — de hecho, me acostumbré — pero el costo existe. Profundidad a cambio de amplitud. Y algunas semanas, ni amplitud ni profundidad: solo ruido con forma de commits.
La intensidad sin dirección se parece muchísimo al overengineering. Se siente productiva porque hay movimiento. Hay containers nuevos. Hay ideas. Y al final de la semana, cansancio, pero poca obra terminada.

El cable de treinta metros es el ejemplo perfecto, y lo digo con cariño hacia mi propio ridículo. Pude resolver la conexión de otras formas, más prolijas, más baratas. Elegí la solución gigantesca porque la intensidad de ese momento pedía acción inmediata, no la mejor decisión. Después me quedé afuera de mi propia red varias veces por el mismo apuro.
La intensidad, cuando no espera, cobra intereses.
Volvamos a las 3:40. “Terminé” la migración. Cerré la laptop con esa sensación de victoria pequeña y tonta que solo entiende quien pasó por ahí. A las 8:05 sonó la alarma. A las 9:00 estaba en una reunión de laburo respondiendo con monosílabos, con la cabeza en otro país. A las 15:00 me di cuenta de que ni siquiera había podido disfrutar los avances de migración que tanto me había costado, porque estaba demasiado destruido para abrir el server y jugar cinco minutos.
Ahí entendí algo incómodo.
Había gastado toda mi intensidad en llegar, y no me quedó nada para quedarme.
Que la pasión no reemplaza el diseño. Que la proactividad no reemplaza el criterio. Que apagar incendios que yo mismo prendí a las dos de la mañana no es heroísmo: es mala arquitectura personal, aplicada a mi propia vida en vez de a un sistema.
WODBO me lo enseñó de otra forma. Usuarios reales. Grafana subiendo. Feedback de todos los colores. Estar disponible como GM a cualquier hora también es pasión. También cansa igual. Y también enseña que estar online todo el tiempo no es lo mismo que hacer que un mundo se sienta vivo. Eso ya lo conté. Acá es la misma lección, mirándome a mí.

Hay una intensidad más quieta, con menos cine. La que vuelve a un problema al día siguiente en vez de pelearlo a las cuatro de la mañana. La que acepta un MVP sin odiarlo. La que deja un LXC apagado por default, porque no todo necesita vivir prendido las veinticuatro horas solo porque yo puedo prenderlo.
En el homelab, a veces, esa intensidad sirve solo para que yo no me aburra un martes cualquiera. Y está bien. El problema empieza cuando confundo entretenimiento con avance. Porque no todo lo que genera movimiento genera progreso.
Antes de meterme en algo a deshora, trato de hacerme cuatro preguntas simples.
¿Esto cierra un arco, o me abre otros diez?
¿Puede esperar a que termine lo que ya empecé la semana pasada?
¿El LXC nuevo tiene razón de existir en la casa, o solo en mi ego de las tres de la mañana?
¿Estoy ayudando a alguien a aprender —incluido yo mismo— o solo evitando aburrirme?
Si no paso ese filtro, no es pasión. Es escape con forma de terminal abierta. Y el escape disfrazado de intensidad es el burnout más elegante que conozco, porque encima se siente productivo mientras te está rompiendo.
No siempre lo cumplo. Anoche mismo estuve tentado de sumar un exporter más a Grafana solo porque me lo vi en X y me dio ganas, sin que resolviera ningún problema real que tuviera. Esta vez sí me frené. Cerré la laptop. Me fui a dormir a una hora razonable.

No fue heroico. Fue, simplemente, la primera vez en semanas que elegí terminar algo en vez de empezar otra cosa.
No quiero volverme tibio. Prefiero volverme preciso: prender la intensidad con intención, y apagarla sin culpa, antes de que sea ella la que me apague a mí.