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#AI5 MIN DE LECTURA

El efecto Jevons y la IA en el día a día

Son las 23:40. Tengo catorce pestañas de chat abiertas y ya no sé si estoy editando una idea o editando la ansiedad de quedar atrás. Empecé la noche queriendo resolver una sola cosa. Termino con cinco tareas nuevas que antes ni se me hubiese ocurrido intentar.

No porque la IA me haya reemplazado. Porque el costo de probar se fue a casi cero, y cuando probar no cuesta, el apetito se infla solo.

En economía a eso le ponen un nombre elegante: efecto Jevons. Cuando una tecnología vuelve más eficiente el uso de un recurso, en vez de consumir menos, terminamos consumiendo más. El ahorro se convierte en hambre nueva. En mi escritorio le pongo un nombre menos elegante: abrí el chat otra vez.

El debate público sigue trabado en “¿la IA me va a sacar el laburo?”. Ese miedo existe, y a veces es real. Pero no es el que me está rompiendo las semanas.

El que me rompe es más chico y más íntimo: la herramienta no me quita el trabajo; me cambia el menú. Antes descartaba ideas por caras. Ahora las pruebo todas. Antes un outline era una decisión. Ahora son diez outlines en veinte minutos, y la decisión se esconde detrás del volumen.

El recurso escaso nunca fue “generar texto”. Siempre fue atención. La IA no inventó esa escasez. Solo le puso turbo, gratis, sin que se lo pidiera.

Lo veo en tres sitios, casi igual.

En el escritorio empiezo pidiendo ayuda con un párrafo. Termino pidiendo un segundo post, un tercer ángulo, un “mejorá este título”, un “ahora en inglés”. No estoy trabajando más profundo. Estoy trabajando más ancho. Y el ancho, pasado cierto punto, es solo ruido con forma de productividad.

En el homelab tengo OpenWebUI, unos guardrails básicos, un Ollama que la mayor parte del tiempo duerme porque la Dell 3040 tiene límites honestos. Self-hostear modelos fue, en parte, no querer quedarme afuera de la ola. También fue tocar con la mano el costo real: RAM, CPU, tokens, calor. La misma enfermedad del cable de treinta metros, medida en tokens en vez de metros. Y aun así, con el modelo adentro de mi red, el efecto se replica: más prompts a las tantas, más “después lo arreglo con calma”. El arreglo es exactamente donde vuelve el trabajo que la herramienta prometía sacarme de encima.

En el laburo, si generar cuesta casi nada, la expectativa de entregar se infla sola, sin que nadie la negocie en un planning. Aparece la presión amable de “tiralo con IA y ya”. A veces funciona. A veces esconde que nadie miró el borde del problema. La senioridad que me interesa medir —en mí, primero— es cada vez menos “quién pega más prompts” y más “quién sabe cuándo no aceptar el primer output”.

Este blog tiene una cicatriz fundacional que ya conté en el post del homelab: me diagnosticaron brainrot, con soundpad de Discord de fondo, el día que posteé texto generado y lo llamé pensamiento propio. Justicia poética. Castigo merecido.

Desde entonces trato la IA como andamiaje, nunca como voz final. Sirve para drafts, estructura, ordenar issues. La prosa que sale con mi nombre la escribo a mano, despacio, releyendo en voz alta como un maniático la cuartoficina.

Eso solo no alcanza. El efecto Jevons no se pelea con buenas intenciones; se pelea con fricción deliberada. La mía es casi infantil, y por eso funciona: si la herramienta acelera la producción, yo freno la publicación a propósito.

En la práctica, cuatro reglas operativas. Un foco por noche: si abrí el chat para el post A, no abro el outline del post B “porque ya agarré impulso” — eso no es momentum, es Jevons disfrazado de flow. Draft no es publicado: puedo generar andamiaje en minutos, pero entre ese andamiaje y el publish hay una noche de sueño, o al menos una lectura en voz alta completa, sin excepción simpática. Cupo de prompts, no de posts: limito cuántas veces vuelvo a pedirle “otra versión”, porque el tercer rewrite del modelo casi nunca mejora el texto, solo diluye mi criterio. Y publicar menos sigue siendo una métrica válida: si en la semana salió una sola pieza con voz propia, gané; si salieron cinco con olor a autocomplete, perdí, aunque el dashboard de “contenido” diga lo contrario.

No es abstinencia. No es orgullo ludita. Es cupo. La cuota diaria de foco real sigue siendo finita con o sin modelo al lado.

En distintos gimnasios aprendí la misma separación con otros nombres: tono no es mensaje (feedback de usuarios reales); velocidad no es calidad (cuando “el producto tiene prioridad” se vuelve tapón); asistencia no es autoría (el músculo nuevo de esta época). Distintos problemas. Misma disciplina: no confundir el acelerador con el volante.

Puedo generar diez outlines en veinte minutos. Lo que no puedo es vivir diez focos a la vez. El efecto Jevons, en mi escritorio, se ve exactamente así: más capacidad aparente, más promesas, más culpa cuando no llegás a todas.

La respuesta que estoy practicando no es apagar la IA. Es no dejar que ella decida el tamaño de mi apetito. Publicar menos, si hace falta, pero con alguien de carne del otro lado del teclado. Esa sigue siendo, para mí, la única métrica que no se puede tercerizar.

Si querés el nombre elegante: paradoja de Jevons. La cicatriz del brainrot está en el homelab project. La logística de escribir, sin tocar la voz, queda para el post de n8n.

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